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El escritor que no quería ser embajador de Marca Perú

“La verdad no le hago caso ni sé quién es”, dice Gastón sobre Iván Thays quien, en una devastadora crítica a un libro de Gustavo Rodríguez, criticó de paso la gastronomía nacional y la acusó de ser perjudicial para la salud, para luego criticar el nacionalismo que gira en torno a ella.

Me sorprende, ciertamente, que un Embajador de la Marca Perú como Gastón Acurio desconozca quién es Iván Thays. Este escritor nació en Lima, en 1968, y es uno de los más prestigiosos escritores de Latinoamérica, perteneciente a una generación que se desarrolló a la sombra del boom latinoamericano. Ha obtenido una modesta fama dentro de la literatura contemporánea, con obras como “El Viaje Interior” de 1999 y “La Disciplina de la Vanidad” en el 2000 que, además, fue finalista del premio Rómulo Gallegos.

Sin embargo, que no lo conozcan ni los jóvenes de hoy ni los de ayer no me sorprende, luego de enterarme de lo mucho que el pueblo peruano conoce sobre Sendero Luminoso y Abimael Guzmán (sic).
Los comentarios de este escritor en contra de la comida y el libro de Rodríguez, han desatado, a su vez, un largo número de comentarios contra él que lo han vuelto un trending topic en twitter, y han despolvado un largo e inconcluso debate sepultado por el tiempo: ¿Qué es ser peruano?

Marca Perú

Hace relativamente poco, una comitiva de personajes mediáticos, encabezados por Gastón, viajó a un pueblo en Nebraska llamado Perú, donde presentaron la “cultura” peruana ante los estadounidenses, quienes se quedaron encantados por todo aquello que trajo la comitiva. Desde ese momento, o quizás desde un poco antes, se comenzó a publicitar al concepto de Marca Perú, que Gastón empleó desde hace mucho para referirse al posicionamiento de los productos y sobre todo la cocina peruana, como objetos de calidad en el mercado internacional. Tomando esa iniciativa, se reunió con otras personas destacadas en rubros como el deporte, la música, o la actuación y, luego de establecida la Marca, se nombró como “Embajadores” a aquellos personajes representativos.

Pero la gastronomía no solo tuvo un fuerte impacto en el exterior. Dentro del país, la comida y Gastón lograron algo que solo parecía concebible en los sueños húmedos de Mariátegui abuelo: igualar a la élite socioeconómica con los proletarios marginados. Gastón reconoció que la señora que vende anticuchos en la esquina podía competir contra los costosos potajes de las Brujas de Cachiche porque, según él, la señora de la carretilla poseía más o tanto “sabor” que los elegantes platos manufacturados por chefs internacionales. Por lo tanto, en Mistura, festival que se volvió el emblema de aquél logro, más allá de ser un patio de comidas, se volvió una feria nacional, durante la cual podían convivir, por fin, todas las sangres y todos los sabores (en teoría) y la gente se sintió orgullosa de que su comida diaria fuera elevada a estándares internacionales.

Por todo esto ahora Gastón está cerca a ser considerado héroe nacional y el por qué la comida nacional se ha vuelto algo parecido a un símbolo patrio. El primer comentario de Thays, muy aparte de ser cierto (la comida peruana, sobre todo la andina, abunda en carbohidratos por el hecho de que son baratos, duraderos, y en ciertas regiones es necesaria aquella dieta si es que planeas trabajar toda una jornada al aire libre) (Pero no jodas, es rica), peca de inoportuno, pero nos lleva a la profunda reflexión.

–    “Pero eso a quién mierda le importa. Es rico y es nuestro y por lo tanto es santo y bueno y viva el Perú, carajo. Se acabó la discusión. (Ortiz 2012)”

Lo que sucede con esta Marca Perú y la gastronomía lo resalta bien Thays: ha creado un sentimiento nacional banal, hueco, y vacío – me veo tentado a decir bruto y achorado, por que los adjetivos le sientan bien (ver cita de arriba) -, y el problema con este y otros nacionalismos es que son excluyentes: crean un estereotipo de lo que debe ser o lo que es peruano, y lo que queda al margen es relegado completamente. El nacionalismo necesita siempre o un enemigo, o algo de lo que pueda diferenciarse en pro de un valor que considera fundamental para el ciudadano. El nacionalismo nazi excluyó a los “no arios” y vio como enemigo a los judíos mientras alababa al superhombre; el japonés de Meiji tomó como ideal la modernización occidental y excluyó a todo aquello que representara un “atraso” como los samurai, y el de Velasco quería distinguir expresamente al peruano del enemigo chileno.

Con el de Marca Perú, sucede lo mismo. Se crea un ideal de lo que es idóneo para un peruano, y se condena al resto. Y lo que es idóneo es que el peruano esté orgulloso de su comida, por lo que ahora Thays es considerado disidente por ofenderla o siquiera criticarla. Y es interesante que al orgullo nacional y a los jóvenes no le importe ni condene tanto a las empresas internacionales que devoran nuestro patrimonio, que gobiernos “nacionalistas” electos se alíen con aquellas internacionales, o que terroristas que le declararon guerra a la nación busquen la manera de seguir con vida.

Ser Peruano

–    “No pretendo obligar a ningún turista a beber Inca Kola (“la bebida del sabor nacional” en un país donde el concepto “nación” es una incógnita)” (Thays 2012)

¿Qué es ser peruano? La respuesta es elusiva. Obviamente es más que haber nacido en territorio nacional, y Marca Perú, directa o indirectamente, establece una solución. Haya querido o no hacerlo, define lo peruano en base a lo que es “representativo” y lo vende como marca. Pero aquello que es “representativo” no es más que una pequeña depuración, (realizada en su mayoría por un grupo de personas que se encuentra en el estrato socioeconómico A) (Porque ser peruano es, obviamente, tener derecho a correr buenas olas) de entre muchas otras actividades culturales propias de las varias de culturas de este país, que quedan excluidas, al igual que la obra de Thays, de la gran marca que es el Perú (sic) debido a que alguien no recordó que existían, nunca lo supo, o simplemente prefirió otras por ser más conocidas – “mainstream”

–    “Si hay algo más indigesto que la comida peruana es el patriotismo de parroquia. Esta bulla mediática demuestra que el llamado “boom” gastronómico peruano no es ese elemento unificador de halo místico, generoso, sentimental y mestizo que se nos ha querido vender sino, al contrario, un elemento marginador, que exacerba el peor nacionalismo y las reacciones intolerantes, machistas, homofóbicas y chauvinistas de los peruanos que firman sus comentarios como “cholo soy”” (Thays 2012)

Directa o indirectamente, Marca Perú moldea la identidad peruana, y quiere que nos enorgullezcamos de los nuestro – En cuanto lo nuestro sea aquello bien reconocido por el extranjero (Nada de Apus ni ashánikas por que son perros del hortelano) – ; pero solo lo logra a manera superficial: a pesar de que se venda comida novoandina de fusión en restaurantes de cinco estrellas en Manhattan y estemos orgullosos de aquello; a pesar que en los cinco días de Mistura se coma Pachamanca, en Larcomar se discrimina a una persona por ir vestida como andino. La marca y nuestra gastronomía nos sirve como otra excusa, irónicamente, para decirle al mundo que somos incluyentes, que no hay discriminación, ni nada parecido, y podamos ir a Asia a juerguear en el Intifest con orgullo nacional.

(Y todo esto me lleva a pensar que en más de 70 años, nada ha cambiado. La elite socioeconómica, concentrada en Lima sigue estando más cerca a Miami que a Cajamarca, la ruptura entre Costa, Sierra y Selva se ha vuelto más palpable por los medios de comunicación, y la única forma que el Estado encuentra para unificarlas es con pragmática inversión extranjera que, como hemos visto, crea más desunión que verdadera unión nacional. Ponernos un pin de Marca Perú crea una imagen para el exterior, pero no soluciona nada aquí adentro.)

–    “Al parecer, la autoestima peruana solventada por el discurso gastronómico es un globo tan frágil que hasta un comentario menos filoso que una cuchara de bebé la hace estallar en mil pedazos” (Thays 2012) (No pudo dejarlo más claro)

Aún no le ha quedado claro al país que es ser peruano. Históricamente, ha existido siempre una dualidad que hasta hoy persiste. Existe una guerra civil, impulsada por los medios, que enfrenta diariamente a los brutos y achorados contra los rojos y caviares y sus respectivos sectores, y cada uno tilda antipatriótico y menos peruano al otro. En medio de aquél caos y desunión, surge este nacionalismo en base a ceviches que pretende unirnos todos juntos como hermanos cuando la realidad es diferente: los peruanos – y sobre todo los limeños – estamos más ocupados tratando de tumbarnos entre nosotros mismos por cojudos roches ideológicos, que en construir una verdadera identidad o proyecto nacional, y apreciamos la comida porque sabe bien, no por una verdadera preocupación de relacionarnos con la cultura que debería ser nacional.

Tal vez si, tal vez cuando juegue la blanquirroja Aldo Mariátegui y Gregorio Santos saltarán por lo mismo, pero debemos esforzarnos por dejar estas estúpidas guerras intestinas de lado y unirnos por más tiempo del que dure un partido de la selección o el almuerzo en la esquina; debemos despertar de una vez y encontrar aquello que nos pueda definir a todos – si es que en verdad queremos aquello – y dejar de considerar a Thays un traidor a la patria por que no le gusta la Inca Kola ya que, a pesar de no ser tan conocido como el Ceviche, ha dejado bien parado al Perú con su obra, como lo haría un buen embajador.

Javier Aguilar

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