Entrevista a Juan Carlos Fisher


SOBRE LAS TABLAS

Entrevista a Juan Carlos Fisher

Por: Eduardo Marchena Siverio

Fotos: Ricardo Campana

 

Reunir talento, experiencia y juventud en una sola persona suele ser tarea difícil, pero no imposible. Prueba de ello es Juan Carlos Fisher, egresado de Artes Escénicas en nuestra universidad, y uno de los más reconocidos directores de teatro de la escena nacional. Responsable de El hombre almohada, Bicho y la famosísima Una gran comedia romana, actualmente, se encuentra sumergido en su nuevo proyecto La pulga en la oreja, una comedia de enredos próxima a estrenarse, y que cuenta con la participación de varios de los actores más destacados del medio.

A pesar de lo recargado de su agenda, tuvo la amabilidad de recibirnos en su sala de ensayos de Barranco. He aquí la amena charla que sostuvimos.

 

¿Si tuvieras que definir al teatro en una sola palabra cuál sería y por qué?

Sonaré un poco huachafo pero es mi pasión. Vivo de hacer teatro, en todo sentido, me llena emocionalmente. Es mi trabajo, mi forma de subsistencia.

 

Háblame un poco sobre tu primer encuentro con el teatro ¿Cuál fue el primer montaje al que asististe como espectador?

¡No tengo idea! Cuando era chico me llevaban a unos musicales: El mago de oz y Saltimbanquis. Esos dos montajes me impactaron mucho. A partir de los once o doce años es que mi mamá me lleva a ver cosas más como para adultos. Recuerdo una obra de Yuyachkani llamada No me toques ese vals; era un concierto teatralizado. También un montaje que hizo Coco Chiarella en el patio de la Alianza Francesa de Miraflores: Volver a Vernos.

 

Corrígeme si me equivoco, pero tú comenzaste a trabajar como asistente de dirección a los quince años.

Sí.

 

¿Y ya de adolescente tenías en claro que tu vocación eran las Artes Escénicas?

Sí, nada común. Creo que tuve suerte.

 

¿Cuál fue el primer director para el que trabajaste?

Luis Peirano, nuestro ex-decano. Un hombre muy disciplinado que le exige mucho a los actores. Desde muy chico aprendí que el teatro es una cuestión de trabajo más que de talento. Uno tiene que trabajar para que las cosas salgan bien. Uno tiene que organizarse. Yo era un chibolo de quince años en este montaje, Cristales rotos, en el que actuaban Hernán Romero, Alberto Ísola, Javier Valdés, Bertha Pancorvo , un elenco de adultos. Estaba entre adultos…

 

Y mientras tus compañeros de clase se iban a fiestas, tú estabas allí, trabajando.

Pero de ahí me iba a la fiesta (risas). De Lucho aprendí la disciplina. Chela (de Ferrari) es mi mentora, en el sentido de que es la persona de la que más he sacado, en cuanto a mi forma de dirigir. Es mi segunda mamá, una de mis mejores amigas y mi maestra. Le tengo un cariño y un amor absolutos.

 

Cuando presentaste El hombre almohada (primer montaje como director) tenías 25 años. ¿Cómo es que te decides a dirigir el proyecto? Me refiero al momento en el que, siendo asistente de dirección, te diste cuenta de que ya era hora de pasar al “siguiente nivel”.

El primer montaje que dirigí fue el proyecto de artes escénicas 2-16, una adaptación de una obra llamada Tape de Stephen Berber. Era una producción para La caja Negra. La dirigí con Fiorella de Ferrari, Gonzalo Molina y Rómulo Assereto. Fue la primera vez que trabajé con Rómulo. Paralelamente, hice un espectáculo llamado Canciones de William Fine.

 

Y cuando llegaron esos montajes, ¿cómo fue que te animaste, finalmente, a dejar de ser el asistente para tomar el mando como director?

Yo ya tenía bastante tiempo trabajando como asistente. No quería tomármelo a la ligera, como quien dice “Ah ya, hay que dirigir esto entre patas”. Yo me había acercado al teatro antes de llegar a la facultad. Cuando uno está en facultad, estás con los amigos y todos quieren lanzarse a probar sin pensarlo mucho. Pero yo ya había trabajado en teatro, así que sabía que era algo que no se podía tomar a la ligera. Y yo quería tomarme muy en serio. Para mí fue un momento técnico. Fue una decisión muy fría y técnica.

 

En una entrevista que concediste a Jimi Carrillo (agencia peru.com) te refieres a El hombre almohada como una obra casi indescriptible, casi imposible de definir o de encasillar en un género, y que esta situación es para ti lo mágico del teatro. Muchos dicen que las mejores obras no encajan en ningún género específico. ¿Harías tuya esa afirmación?

Sí, yo creo que sí. Por lo menos, de las obras que me han gustado, y de las que he hecho, siento que todas me han gustado de distintas formas. Aunque siempre realistas. Bueno, ahora estoy haciendo una comedia.

 

¿Dirías que una obra debe, necesariamente, reflejar la realidad?

Sí, por supuesto. Esa es la forma en la que uno se va a identificar con la obra. Por eso es que a mí me gusta hacer un teatro realista. Quiero que el público se enganche con la historia de los personajes. Que tú, como espectador, te metas en la vida de esta gente por un par de horas. Que vivas una experiencia que te va a generar algo, si estás dispuesto a escuchar ese algo. Y si no, al menos que la pases bien.

 

Tu siguiente obra como director fue Bicho. Sólo te decidiste a montarla cuando encontraste a la actriz ideal, que resultó ser Norma Martínez.

Es mi… yo le digo que es mi musa inspiradora (risas). Es lo máximo.

 

Mira lo que estaba por preguntarte (le muestro mi guión para la entrevista) La pregunta es, ¿crees en las musas?

¿Qué dice? ¿Crees en las…? No sé si creo.

 

¡Acabas de decirlo!

Creo que exageré un poco ¿no? (risas).

 

Pero cuando dijiste lo de la musa, al juzgar por la forma en que te acercaste a Norma Martínez y le propusiste el proyecto…

¡Bueno! Norma no sólo es una estupenda actriz, sino una gran amiga mía. Para hacer Bicho se necesitan dos actores. Rómulo es mi hermano de la vida, mi mejor amigo. Yo comparto con él todas las obras, armamos los proyectos juntos. Además, es un actor talentosísimo. Entonces, ya lo teníamos a él. Faltaba encontrar a esta mujer que fuera capaz de asumir el proyecto. (Con Norma Martínez) estuvimos trabajando en Morir de amor. Yo era asistente de dirección, pero no la conocía fuera del trabajo.

 

Y ese día en el que celebrabas tu cumpleaños…

La invité a esta cena y…

 

Entonces, no fue una mera coincidencia, como yo pensaba…

Ya habíamos trabajado juntos, pero no fue hasta que la vi allí, fumando y tomándose un trago, cuando dije: “¡Ella es Agnes White!”. Recuerdo que jalé a Rómulo hacia a un lugar cerca de las escaleras y le dije: “¡Allí está!”. Luego me le acerqué y me senté frente a ella, en la alfombra, como perrito (risas). Le dije que tenía este proyecto que quería que lo lea y me dijo: “¡Ya!”.

 

¿Amor a segunda vista?

¡Sí! Amor a segunda vista. Ahora es la actriz con la que me gustaría trabajar en todos mis proyectos.

 

Digamos, la versión femenina de Rómulo Assereto

¡Claro! Lo que pasa es que Norma… Bueno, al hacer teatro armas como una familia. Te pasas seis meses, a veces un año, conviviendo con estas personas. Te empiezas a sentir más cómodo con ellos.

 

La entrevista que Martín León te hizo se titula Teatro al estilo Tarantino (elcomercio.com.pe). Las dos obras que habías dirigido hasta entonces, El hombre almohada y Bicho, tenían temáticas violentas. Era previsible que tu entrevistador calificara tu trabajo como “tarantinesco”, por decirlo así. Tú respondiste que no era violencia gratuita. Pero, ¿descartarías, de plano, dirigir alguna obra cuyo eje fuera la violencia, entiéndase, gratuita?

¿Por violencia nada más? ¡No! Lo descarto.

 

¿Algo como Tarantino?

No sé. Tiene que ser más que sólo violencia

 

Pero de Tarantino se podría decir que su violencia es gratuita y eso es lo bueno, o que su violencia es gratuita y eso es lo malo.

Claro. Yo he hecho El teniente de Inishmore, donde había un montón de sangre. Pero, para mí, todo tenía un punto y un fin. La obra era muy elemental y lo que te decía era muy claro: el sinsentido de la violencia. Para que la obra funcione se necesitaba de toda esa sangre. Claro que de ahí a montar una comedia con brazos que saltan… (risas). Puede parecer interesante, pero no sé si me mandaría a dirigirla.

 

Y de estas obras “tarantinescas” pasaste a dirigir un musical: El jardín secreto. ¿Fue la primera vez que dirigiste a niños?

Sí (sonríe). En serio, tuve la suerte de tener a unos niños muy talentosos. Las cosas se dan cuando un proyecto tiene que hacerse. Hicimos un casting a dos niñas. Y esas dos niñas fueron las actrices.

 

¡Integraste al elenco a tus dos primeras postulantes!

Las dos eran perfectas. Ellas sostenían la obra entera. Me gustó hacer el musical. Y eso que era un dramón. Era lo más “de niños” que pude hacer. No me interesaría hacer Barbie Malibú. Me gustó porque era una obra oscura. Tratábamos el tema de la soledad. La historia se desarrollaba en invierno, durante la noche, en un laberinto. Me gusta dirigir musicales porque implica armar un gran espectáculo. Los actores, por momentos, se vuelven “piezas” con la escenografía, la música, las luces.

 

Hablemos entonces de Una gran comedia romana. Aparte de un magnífico elenco de actores, tuviste a Denisse Dibós en la dirección musical. También participaron bailarinas como Pachi Valle Riestra, Karen Aguirre, Carla Robles. ¿Qué tan difícil fue asumir el reto?

Es más complicado de lo que parece. Tienes a muchos directores trabajando en simultáneo, imagínate. Fue la obra que ha tenido mayor respuesta de público de todas las que he hecho. Ya la han visto como cuarenta y tres mil personas.

 

A mí me encantó En casa/en Kabul, me mantuvo en vilo de principio a fin. Imagino que lees muchos guiones antes de montar una obra.

¡Leemos un montón! Me gusta cuando una obra te mete en universos distintos, sobre todo a universos totalmente ajenos. Al viajar a diferentes espacios te das cuenta de que la gente que está allí es exactamente igual a uno. No creo que, necesariamente, tengamos que hacer una obra “peruana” para que tú como peruano te sientas identificado. Hubo mucha gente que salió conmovida. Supongo que a otros les pareció un plomazo.

 

Con En casa/en Kabul estabas trayendo, por primera vez al Perú, una obra de Tony Kushner, nada menos que el guionista nominado a un Oscar por Munich.

Sí. Y es el autor de Ángeles en América que es, para muchos, “la” obra de teatro de los últimos cincuenta años. Lo llegué a conocer en persona, fue muy emocionante. Ya había estado en contacto con él para hacer la obra.

 

Tienes un motivo de peso para compararte con Steven Spielberg: trabajaron con el mismo guionista.

¡Estoy a un grado de separación de Steven Spielberg! (risas).

 

Elegiste a Norma Martínez y a Jimena Lindo para los papeles principales. Sobre Norma, ya me has dicho que es tu musa.

A Jimena la conocí en Bicho. Es una actriz con un talento salvaje. Iba a estar en mi siguiente proyecto Las brujas de Salem, pero está embarazada.

 

¿Jimena Lindo?

¡Sí, caracho! (risas). Estoy feliz por ella, pero me ha dejado sin protagonista.

 

¿Y la elegiste por casting?

No. De arranque opté por Jimena. Al leer una obra, naturalmente, se piensa en actores. En los del entorno, a los que admiras. Me gusta, además, que se arme una buena relación entre los actores en el proceso. Norma y Jimena tienen una relación fantástica. En cuanto a edad, difícilmente podrían pasar como madre e hija, pero la obra estaba construida de tal forma que no las tenías en el escenario al mismo tiempo. A Norma le encantan los retos y Jimena se sintió muy atraída por su personaje. También trabajaron juntas en Bicho. Son muy amigas. Tienen sensibilidades muy parecidas, les mueve lo mismo. Eran perfectas para sus papeles.

 

Jimena Lindo, el día que la entrevisté, me dijo que el guión original de Kushner daba para cuatro horas ¿Qué criterio seguiste para editarla a dos horas y media?

Era una obra muy extraña y no sabíamos cómo preparar a la gente. Primero venía un monólogo de cincuenta minutos. La gente no entendería cómo estaba una mujer (Norma Martínez) sentada en un sofá con el telón cerrado, hablando en un monólogo. El público se preguntaría, naturalmente, dónde estaban los otros actores.

 

Para serte sincero, yo no pensaba en los otros actores durante el monólogo. Estaba al borde de mi butaca escuchando cada palabra. Recuerdo que estaba en primera fila…

¡Claro! La experiencia de tenerla tan cerca. Norma te lleva por donde le da la gana, es una gran actriz.

 

Y volviendo al tema del criterio que seguiste para esa edición…

Centrarnos en la acción, sacar el contenido político y el exceso de información.

 

Dirigiste esa obra en ocho idiomas, incluyendo persa. Gabriela Velásquez, por ejemplo, tiene parlamentos en tres idiomas, aparte del castellano.

Sí, ruso, francés y farsi o persa. Hubo un problema con los dialectos hablados en Afganistán. Tuvimos que homogenizar. Allá se habla farsi y pastú. La idea de usar los idiomas fue para darle realismo. En otras adaptaciones se hablaba en el idioma del público o con subtítulos. Yo quería enfatizar la barrera del idioma. La idea de que estás en un espacio en donde no te entienden.

Quería transmitirle al público esa sensación de desconocimiento, extrañeza, distancia ante una realidad totalmente ajena a la nuestra.

 

 

Hablando de lenguajes, recuerdo que Jimena Lindo te describió como…

Qué nervios… (risas).

 

…ella te describió como un director que maneja el “lenguaje del actor”. Creo que esa frase se presta a más de una interpretación ¿Cuál es la tuya?

Me gusta meterme con ellos en lo que viven. Hay directores que no se mueven de su silla, a mí me gusta estar cerca de los actores. Seré joven, pero llevo mucho tiempo haciendo teatro y me manejo en sus términos, creo que conozco su sensibilidad. Los actores son mis amigos. Me gusta darles libertad, ellos son los que proponen, no yo. Yo necesito y busco, siempre, actores muy inteligentes.

 

América Espectáculos realizó un reportaje sobre Una gran comedia romana con motivo de la incorporación de Monserrat Brugué. Algo que llamó mucho mi atención (Juan Carlos sonríe, ya se dio cuenta de lo que le voy a preguntar) fue un actor que se la pasaba todo el tiempo detrás de los otros y con un papel en la mano. Resultó que ese personaje eras tú sobre las tablas, en pleno ensayo, codo a codo con tus actores.

El gordito era yo (risas). Fue una emergencia. Reemplacé al personaje de Rómulo, que no pudo asistir al ensayo. Como había que hacer tomas yo no quería que “Monchi” saliera hablando sola, me puse a su costado…, soy un pésimo actor.

 

Pero sí pasaste por la experiencia de la actuación cuando estudiabas en la universidad.

Sí, ¡horrible! Sufría horrible. No me aprendía bien la letra, me bloqueaba, no lo sentía verdadero. Alberto Ísola, Bertha Pancorvo, Jorge Chiarella, todos mis profesores me tenían mucha paciencia. Ya llevé mis cursos de actuación 1, 2 y 3 y, por el bien de todos, no voy a actuar.

 

Muchos grandes actores se han convertido en grandes directores también ¿No crees que, algún día, sigas ese camino, a la inversa?

Tal vez en algo como stand up comedy. Pero estaría siendo yo mismo. Lo que admiro de los actores es esa capacidad de ser otra persona, yo no puedo hacer eso. No me podría sentir otra persona.

 

Pronto estrenarás La pulga en la oreja en el Auditorio del Colegio San Agustín. Cuéntanos de qué se trata.

Es una comedia de enredos. Una mujer que sospecha que su marido la engaña y, junto con una amiga, arma un plan maquiavélico para desenmascararlo. Fue escrita por Feydeau en 1907. La historia da muchas vueltas y cachetadas. Es un montaje complejo, pero me gustan los retos.

 

Cuentas con un elenco de ensueño.

Johanna San Miguel, Katia Condos, Gonzalo Torres, Salvador del Solar, Diego Bertie, Gian Piero Díaz, Gisela Ponce de León, Rómulo Assereto, Christian Ysla, Pablo Saldarriaga, Rossana Fernández Maldonado, Alfonso Santistevan, Marisol Aguirre, Victor Prada, son como catorce. ¡Todo el teatro nacional está metido en esta obra! (risas).

 

¡Es lo que estaba a punto de decir!

Es el primer montaje de la Plaza Isil fuera de su espacio habitual. El vestuario lo está haciendo Sitka Semsch. Es una producción a todo meter.

 

¿Crees que el teatro peruano ha mejorado?

Por supuesto. El teatro ahora es una opción de entretenimiento y cultura.

 

¿Dirías que se está masificando?

Poco a poco. Cuando empieza el Centro Cultural de la Católica, se empieza cuidar mucho más los montajes, a manejar la prensa, la publicidad. Creo que el CCPUCP llevó al teatro peruano a otro nivel. Luego aparece La Plaza, que lo lleva un nivel mayor aun. Buenas instalaciones, programas de mano, vestuarios, escenografías de gran calidad. Ofrecen una cantidad y calidad de obras impresionante: contemporáneas, clásicas, una selección excelente. Por otro lado, aparece Raquel en Llamas, una empresa que genera industria en torno al teatro: monta espectáculos para el gran público, que generan ganancias, pero también invierte en obras que apuestan por la cultura, sabiendo que podrían no recuperar el dinero, o incluso salir perdiendo. También está Plan 9, en la Biblioteca Nacional, apuntando a un público que busca, básicamente, diversión. Aparecen más opciones. La impro capta a la gente joven. La demanda crece y también se diversifica.

 

¿Y en cuanto a calidad?

Va mejorando. Ver salas llenas es increíble. En el Teatro Peruano Japonés tuvimos, una vez, mil nueve personas. Tomé fotos de eso ¡No lo creía!

 

A este paso, ¿crees que se pueda tener un teatro peruano de primer orden?

Tenemos mejor teatro que muchas ciudades importantes. Yo viajo mucho. He visto aquí mejores montajes que en Bogotá, Buenos Aires, Santiago, Madrid; incluso Broadway o Londres. Aquí el nivel actoral es estupendo.

 

De aquí a cinco o diez años, ¿dónde te gustaría estar o dónde crees que estarás?

No tengo idea. Supongo que haciendo obras, contento.

 

Para terminar, si tuvieras que dar un consejo a un estudiante de Artes Escénicas, ¿cuál sería?

Que vean todo y lean todo. Uno nunca sabe dónde va a encontrar las cosas que le gustan. Nunca cerrarse a las experiencias. Sobre todo, hacer lo que a uno le gusta. La vocación ante todo, y luchar. No hay nada que me genere más felicidad que levantarme por la mañana sabiendo que voy a hacer lo que me gusta, reunirme con la gente para ensayar. ¡Me encanta!

 

 

 

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