CRÓNICA DE VIAJE


Este es el texto que pertenece a la tercera edición de PS,
les dejo con el genio y gracia de SEBASTIÁN LEÓN DE LA ROCHA.

ps.- a partir de la parte resaltada en naranja (donde va inserta la imagen), empieza la parte faltante de lo publicado en la revista.


La idea de ir a ver a Iron Maiden en Santiago de Chile era vieja. Octubre, Noviembre, Diciembre. Cuando comenzó el 2008 el asunto dejó de ser palabrería y empezamos a tomar más seriamente lo del ahorro y el pasaje de bus y todo lo demás. Averiguamos en aerolíneas, pero por razones que se me escapan, los precios de un pasaje de avión ida y vuelta a la capital chilena superaban los de uno similar a Miami. Así que eran de bus. Y no precisamente bus cama. De esos no tenían en Ormeño, que era donde nos tocaba viajar.

Para reunir el dinero restante, tuve que vender mi computadora vieja. Me dieron 100 dólares. También tuve que pedirle a mi padre un adelanto de las propinas de las siguientes cuatro semanas (200 soles). Eso y mis ahorros. Cuando tuve todo junto, fui a la central de Ormeño a comprar mis pasajes (la ida y la vuelta se venden por separado, fíjense). En total salía 230 dólares.
– ¿Y me dan un culo nuevo cuando llegue a Santiago?- le pregunté a la encargada. Me dijo que no.
Estuve repitiendo el chiste más o menos a cada persona que me preguntaba por el viaje. Me parecía bueno. Ese y el del plumón. En total eran 54 horas de viaje, contando paradas. O se suponía que eran 54 horas de viaje, porque finalmente resultaron ser más.

4 de marzo, cinco días para ver a Iron Maiden

Salí para Santiago el 4 de marzo. El día anterior me compré lo indispensable: agua y cabanosis. El bus salía a las 12, pero yo estaba convencido de que salía a las 12 y 30. Así que me tomé mi tiempo. Antes de llegar a la estación (me llevó mi padre, que me quiere mucho), nos detuvimos a comprar un pomo pequeño de líquido para mis lentes de contacto y un cuaderno, para tomar las notas de lo que sería esta crónica. También para garabatear versitos y caballitos. Eran casi las 12 cuando recibí más o menos la tercera llamada de mis amigos, indicándome la verdadera hora de partida. Seguro dije “mierda”, o algo por el estilo. Viajaría con Ladrillo, Iñigo y Maria Antonieta. En verdad no se llaman así, pero a Ladrillo sí le decimos Ladrillo (no pongo los nombres reales porque ellos también tienen privacidad, en serio). Tres días antes habían viajado otros dos amigos, Harry y Suhad. Ellos tampoco se llaman así, pero a Harry sí le decimos Harry. En fin. Llegué a la estación con mi mochila y un maletín. Abracé a mi padre, me despedí y caminé hasta llegar al bus, que justo estaba de salida. Ladrillo iba con Iñigo y a mí me tocaba ir detrás junto a Maria Antonieta. Pese a que estábamos junto al baño, estaba bien, porque si uno tiene sueño, siempre es más cómodo recostarse sobre una mujer que sobre un hombre. A menos que se trate de un hombre gordo. Pregúntenselo a quien sea.

En general ese primer día de viaje no hubo mucho problema. Ni siquiera se me hizo tan pesado. Casi ni sentí el olor a caca del urinal. Incluso en determinado momento el viaje llegó a volverse sumamente agradable. Escribí un poema y todo. También escuché algo de música. Bob Dylan. Éramos Bob Dylan, su armónica, mi libreta y yo. Verde sobre el desierto y los últimos rayos del sol de la tarde. Peajes, carteles, construcciones, una manta, dos mantas, un elefante, entonces me desperté. Me llamaban por teléfono, y mi celular vibraba y vibraba. Era mi padre, llamando para avisarme que me había olvidado los cabanosis en el auto. Ahí si estoy seguro de que dije “mierda”. El resto del primer día de viaje si que fue una mierda, y todo por culpa de los cabanosis. Y cuando paramos en Ica, Ladrillo me pidió que le cambiara de asiento. Me tocó sentarme con Iñigo, que no es gordo por ningún lado. Pero igual con Iñigo nos entendíamos. A la noche Maria Antonieta nos obligó a todos los pasajeros a dormir con la ventana del techo abierta. Yo personalmente me moría de frío. Me vino la alergia y me hubiera jodido si el bueno de Iñigo no me pasaba su manta Y su casaca. La casaca era grande, así que era como otra manta. Atrás Ladrillo y Maria Antonieta se reían y se reían, y Ladrillo me pateaba y me pateaba. Yo les metía codazos. Al rato me quedé dormido, contando cabanosis.

5 de marzo, cuatro días para ver a Maiden

No me llegué a sacar los lentes de contacto ese día. Había dejado el estuche y el líquido en la maleta, que había pasado al almacén del equipaje del bus. Solo tenía la mochila, y la mochila solo tenía líquidos de esos que se toman. Estaba rancio de mal humor. Paramos en un huequillo en Tacna a tomar desayuno, e Iñigo empezó a sentirse algo mal. De por sí eso era una cagada, pero de esas ya tendríamos más cuando llegáramos a la frontera. Sí. Cuando volvimos al bus, le exigí a Ladrillo que me dejara sentar con la mujer, que estaba cómoda.

Bueno, cuando llegamos a la frontera tuvimos el primero de varios problemas antes del concierto. Esa cagada que mencioné. Verán, hay un convenio entre Chile y Perú. Para cruzar la frontera peruana un típico ciudadano chileno solo necesita su cédula de identidad. Nada más. Bien, mi amigo Iñigo es ciudadano chileno, pero reside en Perú. Tiene residencia peruana. Esto es algo que las autoridades fronterizas no tendrían que haber sabido, ya que, como le informaron, el hecho de ser residente le añadía nuevos requisitos a eso de cruzar la frontera. Por tener residencia peruana, a Iñigo le exigieron su pasaporte. Y él no lo llevaba consigo. Todos los años viajando en avión a su natal Viña del Mar y nunca le habían pedido más que la cédula. Pero es que mi amigo no contaba con la astucia aduanera. Se nos informó por ahí que con un pequeño monto el asunto hubiera podido solucionarse. No funcionó, porque Iñigo le escupió al tipo de la oficina. Eso fue un yippy qui yey. En fin. No lo dejaron cruzar. Pateamos, escupimos, nos quejamos, pero sin coimear. Y a Iñigo no lo dejaron pasar. Un verso.

Finalmente nos resignamos a aceptar la situación. Subimos al bus, que casi nos dejaba, y Maria Antonieta le dejó su celular a Iñigo. Cinco minutos después estábamos en Arica, lo cuál resultó algo frustrante. Ni bien nos bajamos, fui a quejarme con la policía. El señor carabinero sagrado me dijo muy amablemente que en Chile el procedimiento era similar, y que un ciudadano peruano con residencia chilena no podría cruzar la frontera sin su pasaporte.
– Oh.
Pregunté donde podía hacer una queja y me mandaron al buzón de sugerencias. Metafóricamente hablando. Así que nada. Nos limitamos a explicar para qué viajábamos, a donde viajábamos (al distrito de Vitacura, en Santiago, al departamento de la fallecida abuela del amigo que acabábamos de dejar atrás), a ver como olfateaban los canes nuestras maletas, todo eso. Nosotros no tuvimos inconvenientes para cruzar. Los que no pasan (teniendo los papeles en regla) suelen ser de procedencia algo más humilde. O ser descarados. Ejemplo: el carabinero le pregunta a Maria Antonieta:
– ¿Y qué vas a estudiar?
– Biología.
– Ah. Allá en Perú se puede estudiar eso bien, tienen buenas tierras. Pero en Chile son mejores.
– (Insértese sonrisa boba de colegiala.)
He ahí un ejemplo de cómo no ser descarado.

Bus. Libreta. Escribir. Recostarme sobre la mujer. Música. Cat Stevens. Me gusta Cat Stevens, me relaja. Primer restaurante chileno. Ladrillo y yo nos pedimos unas cervezas. Bebemos cerveza “Arequipeña”. El restaurante entero está infestado de sillas de “Arequipeña” y cuadros de Arequipa. Y por ahí uno de Tacna. Mira tú, pensé, o el dueño es arequipeño o le pagan por los spots. Maria Antonieta se pide un pollo con papas, arroz y huevo. Nos lo terminamos comiendo entre los tres. Aprovechamos para usar el baño y comprar galletas antes de subir al bus. Entonces de nuevo bus, libreta, escribir. Recostarme sobre la mujer. Manta.

Aquí debo hacer un inciso. Maria Antonieta es la ex enamorada de Iñigo. Recostarme tanto empieza a amodorrarme el cerebro. Me empiezo a encariñar con la ex enamorada de uno de mis mejores amigos, y creo que ella también un poco conmigo. Ha pasado algo más de un mes e Iñigo dice que ya está recuperado (ella cortó con él). Yo sé, en el fondo, que es mentira. Entonces tengo el presente cuestionamiento moral: ¿puedo besar a Maria Antonieta? La respuesta es no, pero cuando era niño yo me caí de un árbol y me golpeé muy fuerte la cabeza. Así que lo hago igual. Nos abrazamos y nos quedamos dormidos. En los asientos delante de nosotros, Ladrillo escucha un disco variado de Maiden.

6 de marzo, tres días para ver a Maiden

Ahora tenía algo en qué pensar a parte de los cabanosis. Por teléfono, el padre de Iñigo nos dijo que este había tomado el bus a Lima desde Tacna (cabe mencionar que Ormeño lo abandonó a su suerte, y que para llegar a Tacna propiamente dicha desde la frontera estuvo tirando dedo) y llegaría a Santiago el sábado 8 en avión. Asunto casi solucionado. La parte emocional y psicológica quedaba. Y el asunto con Antonieta también (me harté del nombre compuesto, a partir de aquí se llama Antonieta). Pero en el momento realmente no me pareció excesivamente grave. Ni siquiera se lo tratamos de ocultar a Ladrillo. Cuando llegamos a la Serena, me pedí otra cerveza. Antonieta se pidió un pollo que comimos entre los dos y Ladrillo comió un sándwich de churrasco, al cual yo le di una mordida. Estaba rico.

Ladrillo y yo nos fumamos un cigarro, hablamos un rato de lo que sucedía. Nos subimos al bus. Bus, libreta, Led Zeppelin, recostarme sobre la mujer. Dormir. Dormir, ver películas, Ghost Rider, una de un negro enano que se hace pasar por un bebé, una de argentinos boludos y dormir de nuevo. Dormir, dormir, dormir abrazado a Antonieta hasta llegar a Santiago. Hasta aquí, cero hincones de conciencia. Si es que ya dije que me pegué muy fuerte de niño.

7 de marzo en la madrugada, algo más de dos días para ver a Maiden

Libreta, Nirvana, variado de Iron Maiden, Santiago. Llegamos a Santiago. Al bajarnos del bus, la madre de Iñigo nos esperaba. Ella vivía en Viña con su pareja, pero había viajado a Santiago para que la madre de Antonieta estuviera tranquila. Y en general para cuidar de nosotros, que no hiciéramos estupideces y eso. Le dijo a Ladrillo lo mucho que había crecido y cómo había adelgazado, nos abrazó a todos (a Antonieta y a mí era la primera vez que nos veía) y tras recoger mi maleta, tomamos un taxi que nos llevara a Vitacura. En el camino vimos algunos lugares curiosos, bonitos. Empezaba a sentir que me encontraba en una calca del centro de Lima cuando la madre de Iñigo (llamémosla Ana, que es importante aquí) nos dijo que estábamos en el centro de Santiago y me señaló el Palacio de la Moneda. Dije algo brillante como “ah” y seguimos más o menos en silencio. Cuando llegamos a la casa de la abuela de Iñigo, miramos en el taxímetro que la gracia nos había salido cerca de 13 800 pesos. Hagamos matemáticas: para saber cuanto son 13 800 pesos, deben saber que un dólar más o menos son 400 pesos. Más o menos calculen. Jojojó.

Encontramos fideos en la alacena, y Ana los preparó para que comiéramos. Luego nos explicó cómo funcionaba el agua caliente, que era mágica y no se acababa nunca. Y el agua de caño podía tomarse (!). Luego de eso estuvimos hablando bastante rato con ella, sobre el viaje, sobre lo que le había pasado a Iñigo, sobre su infancia, sobre el viaje de ella. Luego nos asignamos cuartos. Antonieta al sofá (elección suya), Ana al cuarto de huéspedes y yo y Ladrillo a la cama matrimonial. En realidad no sé quién eligió todo, porque a mí ni me preguntaron, y yo dormía en calzoncillos y la pijama de Ladrillo tenía hueco. Pero bueno.

Al irme a dormir, Ladrillo me hizo algunas preguntas sobre el asunto con Antonieta. Dejamos de hablar cuando nos dimos cuenta de que se escuchaba todo en la sala.

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7 de marzo en la no-madrugada, dos días para ver a Maiden

Primer intento de encontrar una cabina de Internet. Preguntando, paseándonos por la escuela militar (que es unas cinco veces más grande que el Leoncio Prado). Cuando encontramos la susodicha cabina por la estación de metro, pudimos corroborar como en Santiago la plata se le va a uno como carca en la ducha. Quise ver mi horario de estudios y leer algunos mails de los otros miembros de la revista, pero me alcanzó el tiempo, así que dejé a Ladrillo solo, que había pagado por más tiempo que yo. Salí y me encontré con Antonieta. Nos fuimos por ahí, detrás de unos juegos en la arena, fuera de la estación. Hablamos, jugamos un poco. Me preguntó por lo que había hablado con Ladrillo la noche anterior. Le dije que me había preguntado que qué haría con ella, y yo le había dicho que dependía de ella. Y no dijimos más. Solo jugamos un rato más y nos fuimos a buscar a Ladrillo.

Más tarde nos encontramos con Masa, un chico chileno que había estado una promoción por debajo de nosotros en el colegio, pero que finalmente había vuelto a vivir a Chile, a diferencia de Iñigo. La idea era que Masa nos llevara al centro a cambiar dólares por pesos, pues en Chile no se aceptan dólares. Fuimos, encontramos la casa de cambio, pasamos por unas galerías de artículos de música en la cuál había cierta tienda de autos a escala que desquició a Ladrillo. Cuando quisimos volver al departamento en micro, nos pasamos el paradero. Y cuando bajamos nos agarró una tormenta. En serio, nos agarró una tormenta. Nos empapamos y empezaron a caer truenos y relámpagos y yo estaba seguro de que era la furia de Zeus, y no precisamente porque la conciencia hubiera empezado a joderme, sino porque suena bien en el texto.

Al final terminamos empapados en las afueras de Santiago, pero Masa, accedió a pagarnos otro micro y parar en un centro comercial, donde compramos provisiones para la semana. Luego Masa llamó a su hermano, que nos llevó amablemente hasta el departamento. Para qué, el muchacho se portó como un príncipe, así que lo invitamos a que volviera luego para tomarnos unas cervezas. El único problema es que cuando Masa volvió, ya era muy tarde y estaba todo cerrado, así que tomamos jugo de mango (de sobre). Antonieta se fue a leer por ahí. Yo me fui a dormir un rato, con Antonieta leyendo al lado. Entonces hablamos, y cuestionó ligeramente mi entereza moral. No me gustó eso, así que tras asegurarle de que estaba seguro de que todos en la casa sabían lo que pasaba entre nosotros (o sea, además de Ladrillo, Ana) salí a hablar con Ladrillo. El asunto degeneró en asuntos personales suyos, nos pusimos emocionales y nos abrazábamos cuando llegó Iñigo. Lo abrazamos a él también, lo acosamos a preguntas, lo abrazamos de nuevo, nos pusimos emocionales y fuimos a la sala a conversar un buen rato. Luego nos fuimos todos a dormir, y yo aún no me sentía mal del todo.

8 de marzo, un día para ver a Maiden

Al día siguiente Iñigo despertó con algo de fiebre y nauseas. Aún así, fuimos juntos a encontrarnos con una amiga común que teníamos en Santiago. La distancia entre su casa y la comuna de Vitacura le impidieron quedarse mucho rato con nosotros, así que al tiro estábamos solos otra vez, Iñigo, Ladrillo, Ana, Antonieta, y yo. Antonieta y yo no hicimos más en el momento en que llegó Iñigo. Esa misma tarde llegaron de Viña la hermana de Ana y su esposo, con sus dos hijos y la hermana menor de Iñigo. No traté mucho con ellos, salvo con Mario, el primo de Iñigo, que tiene 14 años y es de mi tamaño y con más bigote. Igual todos parecían geniales. Compré una cerveza en el supermercado y luego me fui a dormir un rato. Cuando desperté, los tíos de Iñigo y su prima ya se habían ido. Solo se quedarían con nosotros esa noche Mario y la hermanita de Iñigo.

A la noche Iñigo se empezó a sentir mal. En general. Tensión entre él y Antonieta. Así que se puso a golpear un rato la pared, para desahogarse. En la cocina, Ana nos pidió a mí y a Ladrillo que buscáramos la forma de hacer que Iñigo y Antonieta se volvieran a comunicarse, que conversaran y pudieran soltar aquello que debieran soltar. No mucho rato después, se fue con Ladrillo por ahí para conversar. Así que me quedé con Mario, la hermanita y Antonieta haciendo el tonto en la sala. Cosquillas, viendo proezas de fuerza de Mario (romperle la mano a Antonieta, romperme la mano a mí), hablando y en general hueveando. De vez en cuando Iñigo se aparecía como una sombra por aquí y allá, y siempre terminaba golpeando a la pared. Lo cuál apestaba, porque por algún motivo, yo pensaba que me quería pegar a mí.

Entonces llegaron Ana y Ladrillo, y Ana me dijo que había llegado mi turno para ir a hablar. Me lo dijo amable y tranquila, que es como suele ser Ana en general. Así que me puse algo más abrigado encima, mis botas y fui a la cocina a encontrarme con ella, cuando la vi hablando con Antonieta y Ladrillo. Entonces supe que la cosa para mí se iba a poner algo jodida. Me sonrió y salimos de la casa.

– No te preocupes, no muerdo- me dijo cuando estuvimos fuera. Ya, pensé yo, creo, algo así. Caminamos por el complejo de departamentos hasta encontrar un lugar donde sentarnos a hablar tranquilamente.

Y hablamos tranquilamente. Me preguntó si sabía de qué quería hablarme. Asumí que sabía, así que dije que sí. Ana sonrió de nuevo y continuó hablando. Básicamente me zamaqueó con palabras. Yo me limitaba a asentir a medida que me decía que la había cagado, y me hizo ver cómo había arriesgado mi amistad con Iñigo. Y que eso no le gustaba. Y que sabía que en el fondo yo era buen chico, pero que me estaba portando como un idiota y esas cosas, y que si no me moderaba, sería mejor que buscara otro sitio donde quedarme. Luego sonrió. Yo reconocí que sospeché desde un principio que ella sabía, a lo cuál me hizo notar que le había estado esquivando la mirada desde que llegamos. Ahora, como dije antes, hasta entonces yo no me había sentido mal del todo. Pero ahora si estaba tocando fondo. No me da para copiar absolutamente todo lo que me dijo la mamá de Iñigo, pero al final me abrazó y yo me puse a llorar. Me puse a llorar y la abracé fuerte. Para mí Ana había pasado a ser Yoda, aunque más alta y con más pelo y probablemente no tan verde y, aún teniendo acento chileno y todo, con un acento menos marcado. Le pregunté qué podía hacer y me dijo que hablara con Iñigo, que en ese momento debía estar hablando con Antonieta, y que estaba segura que ya sospechaba algo, pero que confiaba en que me perdonaría. También me sugirió un libro de autoayuda. Y bueno, me dije “Judas, haz lo que te toca, marica,” así que salí de allí con Ana y me quedé esperando a que Antonieta e Iñigo volvieran. Y volvieron. Y ya acabo con el párrafo, que se hace espeso, lo sé.

Lugo de la zamaqueada moral que me había dado Ana, me arrojé en el colchón en el que me iba a tocar dormir esa noche (donde había dormido Ana la noche anterior; ahora yo dormiría ahí con Ladrillo donde había dormido Iñigo, Ana dormiría con su hija menor en la cama de dos plazas con Iñigo y Mario a los lados en sleeping bags, y Antonieta en el sillón afuera, que ya le había gustado) y me quedé pensando en estado emo. Entonces volvieron Antonieta e Iñigo, que parecía de mucho mejor humor y me preguntó que pasaba. Así que le insté a salir a hablar. Nos sentamos, y le pregunté cómo estaba. Me abrazó y me dijo que bien, que Antonieta le había dicho para conversar (obra de Ana por intercesión de Ladrillo), que había llorado como un bebé y había dicho todo lo que sentía y que aunque le dolía la mano, se sentía mucho mejor. Así que lo bajé del coche confesándole que me había agarrado a Antonieta en el bus. E Iñigo dijo “Auch”. No, algo así no, dijo “Auch”, lo recuerdo bien. Le dije lo mal que me sentía, que su madre había hablado conmigo, que en un inicio había querido autoconvencerme de que él ya había superado lo de Antonieta, aunque era obvio que no, etc. También le dije que todos pensábamos que él ya lo había notado, y que quería golpearme a mí y no a las paredes a lo que él me dijo que no… y que no me quería golpear. Aquí corresponde mucha cursilería, así que me limitaré a decir que Iñigo y yo tuvimos una larga charla filosófica sobre la ética y la moral del ser humano, y finalmente llegamos a la conclusión de que en todo esto yo había sido un tipo moral (elástico) mientras que él había resultado, a mi modo de ver las cosas, mucho más ético. Y cuando terminamos de hablar, nos dimos cuenta de que el material para mi crónica de viaje había empezado a convertirse en algo personal que podría resultar morboso explotar. Pero qué coño, igual decidí escribirlo, y eso es lo que hice. E igual faltaba menos de un día para Maiden, así que, qué carajo.

9 de marzo: Iron Maiden en la Pista Atlética de Santiago

No voy a entrar en muchos más detalles, solo diré que pese al desenlace cuasi feliz, hay que ser honestos: igual nos sentíamos incómodos. Era obvio. Yo e Iñigo estábamos en modo emo, aunque Antonieta, Ladrillo y Mario parecían perfectamente normales. Se suponía que nos despertáramos temprano para hacer la cola del concierto, al cual nos llevaría el padre de Mario. Yo fui el último en salir de la cama. Me sentía pesado y agarrotado. Suicida. Mal. Pero hice un esfuerzo y me apuré. Era el día Maiden, y todos estábamos como uniformados (y no nos pusimos desodorante, que sino no iríamos a Valhalla). Hasta Antonieta estaba de negro. Aunque ella parecía más una emo que una metalera, pero eso no viene al caso. Ladrillo y Mario con las camisetas de Maiden, Iñigo de Saxon y yo de Zeppelín. Llegamos a la pista sin haber desayunado siquiera (al menos, yo no desayuné), y quedamos con el padre de Mario para una hora adecuada, en un sitio determinado. Y nos mezclamos entre una masa peluda, negra y sudorosa que se arrojaba botellas de plástico, latas, cajas, bolsas y comida y quien sabe que otras cosas menos bonitas. Dios mío, estábamos en casa. Bueno, la mujer no tanto, y no lo digo por desquitarme con ella nada, en serio. Tenía ganas de ir al baño, pero al final preferí aguantarme. La cola era masiva, al punto que algunos se habían salido de la misma para formar su propio Caspio amarillo junto a los baños. Si no entienden la expresión, quizás deberían consultar la Wikipedia.

Llegamos a las 11 de la mañana, y aún teníamos que esperar cinco horas para que nos dejaran pasar a la pista. Tic tac. Y yo tenía hambre. En fin, se suponía que llegaría Masa en un rato. Sí, el mismo chico que nos llevó al centro el día del cataclismo. La tormenta. A cambio de que le guardáramos sitio, nos traería comida y agua. Hay que aceptarlo, el chico era un melocotón. Llegó con una bolsa llena de galletas de soda y otra llena de botellas de agua. Botellas que no nos dejarían meter a la pista a la hora del concierto, pero que nos ayudarían a mantenernos cuerdos hasta las 4. Yo comí algunas galletas, pero tampoco muchas, no tenía lo que se dice hambre. Masa, Mario y Ladrillo fueron a comerse unas empanadas por ahí. Luego volvieron. Luego Masa y Ladrillo se fueron al baño. Luego Antonieta se fue al baño. Todo mientras Iñigo daba vueltas por ahí, y Mario y yo cuidábamos el agua. Entonces Ladrillo y Masa volvieron, y Ladrillo nos contó que ya se había encontrado con Harry y Suhad, los amigos que mencioné al principio y que habían llegado unos días antes que nosotros. No tardaron en aparecer, poco antes de que llegaran Antonieta e Iñigo, y empezaron a contarnos como no habían hecho otra cosa que chupar desde que llegaron a Santiago. Y me dio envidia, y no quiero ser mezquino, pero sé que no fui el único. Pero bueno.

Las horas se pasaron rápido, con sol y todo, bailando al ritmo de “El que no salta es pokemon” (pokemon: dícese en Chile del emo que baila reggaetón, dios mío) y bajo una brillante lluvia de botellas plásticas, cerrando el tráfico de vez en cuando, acosando a las cámaras de la tele y saludando a los carabineros a caballo, que venían en caballos de verdad. Cuando empezaron a abrir las puertas, todos nos levantamos y las masas empezaron a empujarse y apretujarse, y no sería la última vez durante el día que esto sucedería. Entre empujón y empujón, uno podía escuchar perlas de la jocosidad, como estas:

– Eh, me estas culeando, conchatumadre. ¿Me das tu número de teléfono?
– Conchatumadre, ni con tu hermana traspiro tanto.
– La capital de Escocia es Edimburgo.

Cuando nos tocaba llegar a la puerta, debíamos correr. Contrariamente a lo que uno pueda pensar, esto es algo que nos daba gusto. En serio, cuando a uno de verdad le gusta la música, sobre todo el rock and roll y sobre todo el rock pesado como lo es el heavy metal, genialidades como una “zona Iron Maiden” no son aceptables. Dividir un concierto de metal en zonas es como quitarle las manecillas a un reloj o ponerle a un gato un condón. Seriamente.

Así que corrimos. Corrimos (yo corrí) como no lo hacíamos desde el colegio. Sin mirar atrás y descuidándolo todo. Bueno, no tanto, pero si corrí hasta quedar lívido. Me moría. Me dolía todo. Quería vomitar mi intestino, mi apéndice, el baso, el martillo, el yunque y el estribo. Antonieta se fue a conseguirnos agua, y trajo mineral, que costaba 1000 pesos el vaso. Luego Harry y Suhad consiguieron agua agua, sin gas, que estaba gratis. Eso me dio pie a llamarla inútil. Pero lo dije de broma, que conste.

Al rato empecé a sentirme mejor. Paulatinamente. Igual nunca llegué a sentirme bien del todo durante el resto de la noche. Las mangueras con agua no nos llegaban a golpear, y la gente se apelotonaba y empujaba con furia para llegar hasta ellas, sin éxito. De pensar en el inminente pogo me daban arcadas de nuevo. Hicimos chistes. No recuerdo ninguno, pero los hicimos. Socializamos un poco con la gente de al lado. Respiramos la hierba, cuyo aroma ya de por sí me resulta hediondo, entre tanta gente amontonada, y con el sol encima a casi 40 grados, me daba ganas de pegarme un tiro. O pegárselo al marica del paco. A ratos incluso me parecía sumirme en la inconciencia, pero no. Era el glorioso olor a sobaco de Valhalla, combinado con el tabaco y la marihuana de los desubicados.

¡QUERÍA AGUA! En realidad todos queríamos, y en algún momento Antonieta gritó un especialmente agudo “¡Agua carajo!” Eso llevó a un coro de “Agua carajo”, el cuál supimos por Iñigo se trataba de una burla; en Chile nadie dice “carajo”. Igual seguimos pidiendo agua a gritos. Pero no había, así que nada. Poco después apareció la hija de Steve Harris más allá de la reja. Steve Harris es el bajista de Maiden. Y su hija es una chica que está buenota y que para mí no es que sea demasiado mala en lo suyo, es solo que aburre y su estilo no es precisamente acorde con el de la mayoría de los presentes en un concierto de la banda de su padre. Pero bueno, cuando fueron las seis de la tarde o quizás las siete, no es que esté muy seguro, siendo que aún era de día y aún hacían casi 40 grados, la chica subió al escenario con su banda. La gente no hizo mucho escándalo, pero se notaba que no estaban precisamente encantados. Luego me enteré de que la razón por la cuál no abuchearon es porque los argentinos hicieron justamente eso dos días antes, y como represalia, Maiden se limitó a tocar las canciones del play list programado y retirarse sin haber interactuado con la audiencia en absoluto.

En fin. Con la gente empujando, bajo el sol y medios muertos, terminamos separándonos por accidente. Iñigo se sintió mal, así que fue acompañado por Suhad, Harry y Mario a las gradas un momento, y ninguno de ellos pudo volverse a reunir con nosotros. Antonieta, Ladrillo, Masa y yo nos movimos junto a las rejas, donde el movimiento era mucho menor y podíamos, de cuando en cuando, recibir una cantidad pequeña de agua. No más de dos sorbos, pues debíamos compartirla con todos a nuestro alrededor, incluso cuando conseguimos un vaso para nosotros solos, debido al complejo de Jesucristo de Antonieta. Igual sin ella no nos hubieran dado agua. Nos faltaba la cara adorable.

Desde el escenario, la hija de Harris nos dijo cómo días antes había estado en Argentina. La gente abucheó. Luego nos dijo que la había pasado hasta el culo. La gente silbó un poco. Tocaron unas cuantas canciones más. Luego sacó una bandera chilena al revés. La gente rió. Luego enderezó la bandera. Hubieron aplausos más bien tibios tirando para fríos. Y la hija de Harris salió del escenario. Tampoco le presté mucha atención, así que puedo equivocarme en el orden de los factores. Con todo y todo, tardamos un poco en notar que ya no faltaba nada para empezar. Era cuestión de minutos.

Se encendieron las pantallas. Clamor de gente. Movimiento, como de una estampida de canguros. Ah sí. Era el video de Maiden. Escenas de Bruce Dickinson manejando el avión en que viajaba junto al resto de la banda (el tipo no duerme), imágenes de fanáticos corriendo hacia el escenario para conseguir un buen lugar y la banda subiendo al escenario. Y todo con música de fondo. Y la gente pateaba y gritaba y coreaba y Iron Maiden todavía no estaba en el escenario. Y yo sentía que me iba a desmayar y el concierto aún no había empezado. Y entonces empezó. Con Aces High, que es del Powerslave. Una de aviones. Y me sabía la letra completa, así que había que aprovecharla. Soy un fan nuevo, no me las sabía todas, lo confieso. Igual me samaqueé. Do or die. Gritos y gritos y realmente la cosa acababa de comenzar. Y Bruce Dickinson era un hombrecito inglés con una gorra que podía cambiarse de ropa tan rápido como Clark Kent. Y uno a penas podía creer que tenía en frente a una de esas bandas de antaño, tan cerca y tocando para él. Era como para meneársela. Quizás lo hubiera hecho si no me hubiera sentido nauseoso. Pero en fin, eso no viene al caso. Ni que en algún momento tuve que saltar la valla para comprar algo de beber, porque me moría. Ni que metí un cabezaso a un gracioso que me pegó un chicle en el pelo. Ni que Antonieta, que también saltó la valla, tuvo que arrancarme pelo por pelo para sacarme el chicle. Ni que luego volví a abrirme paso hacia delante. Y menos que Bruce elogió al público chileno por su delicioso trago, el Pisco Sour. No señores, nada de eso viene a cuento. Nada de eso tuvo importancia, porque cuando Maiden pedía a gritos “Scream for me Santiago!”, yo estaba incluido ahí. Con todos los presentes. Con mis amigos. Y el concierto estuvo como para sentarse luego en un banco, empapado en sudor, tiritando y entonando los himnos del heavy metal, sin poder creer que todo hubiera terminado tras solo un encore (“Hallowed Be Your Name”), sin pensar más en la carne de ningún tipo, abrazado a los amigos y riendo y pensando que en el viaje de regreso, a todos nos iba a doler el culo. Pero sabiendo que con todo y todo, el asunto había valido la pena. Se lo pregunté a Iñigo. Por el viaje y todo.
Me miró un poco cansado, con la camiseta sobre los hombros desnudos y la cabeza apoyada en el hombro de Antonieta.
– Ha sido el mejor concierto de mi vida- dijo -. Todo valió la pena.
Y entonces supe que todos nos iríamos a Valhalla. Y que ahí debía terminar mi crónica, sin mencionar que la familia de Iñigo aún está haciendo reclamos a Ormeño y el consulado peruano, ni que en el viaje “directo” de regreso la empresa quiso cambiarnos de bus, sin que hubiera llegado uno nuevo todavía, ni regresar a los temas personales surgidos durante los días previos al concierto y que realmente, aún no se solucionan del todo. Y claro, pensando en que los de la revista iban a golpearme porque mi crónica parecía un culebrón. Pero ya dije lo que realmente importa. Así que, up the Irons.

10 Respuestas a “CRÓNICA DE VIAJE

  1. Colofón de tu historia, Maiden toca en marzo en Lima… tanta huevada y tanto trajín….

  2. ya viene Maiden!!
    jajajaja, pobre webon.

  3. la vaina es que yo los veré en primera fila por segunda vez y ustedes no, y que además de todo, esta me sale gratis (:

  4. Palmas para Chinaski. Yo me voy a ver a Radiohead a Argentina. Una nueva cronica para para PS4 y luego partirla para terminar de leerla en el blog. Y luego volver a ver a los RADIOHEAD en primera fila EN LIMA 2010. Ya pueden ir comentando…

  5. bien largo el relato.
    pero esta bueno.
    sigan publicando.
    como hago para colaborar en el blog o en su revista?

  6. me he divertido un monton con la revista,
    los felicito.
    y el cuento de sebastian esta bastante bueno.
    cuando sale la proxima?

  7. Diego Sponza

    Es que Chinaski le teme al pogo nacional!…por eso se va a Chile donde todos se abrazan…….Iron Maiden en Lima / M/ The Trooper- La zona del true metaler- ( al centro y calato!)

  8. francopiaggio

    Comento un poco tarde, pero solo para acotar un par de cosas.

    El Leoncio Prado no es la escuela militar. Es un colegio de formación militar, que no es lo mismo (la escuela militar queda en chorrillos y es gande). Me pareció, entonces, que la analogía era incorrecta.

    Segundo, y más importante, no estuvo mal que te agarres a Antonieta. Lo que estuvo mal es que solo te la agarres. Bien y mal son siempre relativos.

    Un saludo.

  9. si estuvo mal. lo otro hubiera estado más mal. pero debo admitir que, ciertamente, hubiera sido más rico.

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