gemelos


Disclaimer: Lion Chinaski no forma parte de la Vanguardia Universitaria, que huele a queso.

Un día me desperté y decidí ir al baño a orinar. Me estuve rascando los huevos en el camino y me di cuenta de que me había salido un grano bastante abultado en el izquierdo.
– Mierda, qué grande- me dije. Cuando llegué al baño estuve tratando de sacarmelo, pero no sirvió de nada. El muy hijo de puta se hinchaba, salía a medias, se hinchaba un poco más y luego volvía a su sitio, algo más blanco y algo más grande, pero sin reventarse jamás del todo. Terminó por importarme un carajo, meé, me la sacudí y enfundé. Me lavé las manos, fui a desayunar y me olvidé de mi grano hasta más tarde ese mismo día, cuando quise hacerme una paja. Era un grano condenadamente grande, no especialmente desagradable pero si grande y podía sentirlo debajo de mis calzoncillos, jodiéndome la pita, balanceándose de un lado para el otro con mi escroto. Era, sin duda, un maldito hijo de puta.
Pasaron los días y las semanas y terminé por acostumbrarme a él. Quiero decir que después de todo, los huevos de uno, o al menos los míos, son bastante rugosos, y un pequeño bultito, por muy sensible que fuera, no significaba para mí el fin del mundo. La vida seguía. Aparecían nuevos modelos de autos, los niños eructaban, a mi mamá le salían nuevas várices, se morían de hambre los niños en el África y de frío en la sierra peruana y yo seguía rascándome los huevos e incluso tirando de tanto en tanto sin tener mayores problemas. Sí, la vida seguía adelante.
En fin, la cosa es que un día estábamos almorzando todos en familia, que de por sí es bastante raro, y nos quedamos después conversando. A la hija de alguna de las señoras con las que mi mamá jugaba a las cartas le habían dicho que iba a tener gemelos y todos parecían tener una opinión al respecto. Mi papá creía que era inconveniente, pero se lo tomaba con humor.
– Mira tú, y a la primera, qué piña, jojojó.
Mi hermano pensaba más o menos igual, pero no perdió oportunidad de vacilar a mi padre.
– Ay enano, claro, es que tú fuiste todo un estratega.
Mi madre se limitó a corregir.
– Bueno, no del todo. Tú sabes como fue con Iñaki.
– Ya me están echando la culpa a mí- dije yo.
Todos se miraron y luego me miraron a mí.
– ¿Qué?- pregunté -. ¿Qué cosa?
Se rieron. Ellos se sabían todos los chistes y la mitad de las veces se los guardaban para ellos. La otra mitad de las veces yo simplemente no los entendía.
– Cuando tú apareciste el médico nos dijo que serían gemelos- dijo mi mamá entonces.
– Ah- dije yo.
– Sí, pero felizmente se equivocó, porque si no la cagada- dijo mi hermano poniendo cara de caballo de mar. Es decir, sonriendo. Todos rieron.
– ¡Eh!
Me reí yo también por inercia.

La primera semana de vacaciones el grano en mi testículo izquierdo se puso realmente grande. Es decir, era grande. Grande, blanco y redondo. Realmente podía sentirlo, con o sin pantalones, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo. Había quedado con Maru para ir a verla esa tarde, porque sus padres habían ido de viaje a no se donde y no volvían hasta el día siguiente, pero tuve que llamar a cancelarla. Realmente no me sentía bien dispuesto. Es decir, ¿cómo podría hacerlo con esa cosa ahí? ¿Cómo iba a concentrarme sintiendo sus movimientos acompañando el plaf plaf plaf de las embestidas y el escozor de sus punzadas? No, no iba a ser posible. Mientras ese grano estuviera ahí, yo no podría divertirme. Tenía que hacer algo al respecto.
Entré al baño y cerré la puerta con llave. Desenfundé, levanté la tapa del water y eché una meada. Me la sacudí y acto seguido pasé a tocarme los huevos. Estaban secos, grandes y rugosos, como debía ser, excepto por el pequeño Iñaki asomando en el extremo inferior izquierdo como el cuello de un pavo. Comencé a aplastar con mi índice y mi pulgar.
– Go ahead punk, make my day- dije, y seguí aplastando.
– Fuck. Fuck. Dammit. Carajo. Puta madre, sal… Goddamit, sal. Argh.
Seguí apretando. El puto grano de los cojones no salía por mucho que apretara. Se hinchaba, salía a medias, se hinchaba un poco más y luego volvía a su sitio. Y luego otra vez, y así. Era un puto grano del infierno. Me empecé a desesperar.
– CARAJO. AAAH.
Tuve que recurrir a los pulgares. Apreté. Apreté más fuerte. Realmente no quería salir. Realmente no estaba saliendo. Y entonces lo sentí. Fue como si una serpiente se hubiera abierto paso a través de la capucha de mi escroto a toda velocidad, una serpiente blanca y correosa. El dolor fue de lejos mucho menor que la satisfacción. Dejé escapar un suspiro. Me sentí aliviado, calmo, en paz. Era como si hubiera alcanzado el nirvana tras una vida larga de dolor y sufrimiento. Me recosté contra la pared y cerré los ojos, disfrutando del final. Pero aquello resultó no ser el final.
– Eh, marica de mierda, abre los ojos.
Los abrí. Delante de mí estaba lo que parecía un hombre blanco y como de mi tamaño, en pelotas y sin un solo pelo en el cuerpo. Y cuando digo que era blanco y sin un solo pelo, quiero decir que era blanco y sin un solo pelo de verdad, como la cal y los nabos, o Gasparín. Le miré la cara. Tenía mi nariz, inconfundiblemente.
– ¡Cristo!- exclamé. Traté de sacar el cuchillo de mis pantalones, pero el hombre blanco fue más rápido que yo y me lo quitó-. ¿Quién carajo eres?
– Tu gemelo, sorrosquete.
– Mierda. ¿De donde saliste?
– He estado viviendo en tu huevo izquierdo todo este tiempo. ¿Y sabes qué? Realmente eres un grandísimo hijo de puta.
Yo no lo podía creer. Estaba realmente sorprendido. Traté de decir algo, pero solo me atoré con mi propio aliento y empecé a toser incontrolablemente. Mi gemelo me dio una patada en los huevos.
– AAAH. MIERDA, HIJO DE PUTA.
Él pareció ignorarme.
– No sabes lo que he sufrido, grandísimo cabrón. ¡ME ABSORBISTE CON TUS COCHINOS HUEVOS, MALNACIDO, ME ABSORBISTE CON TUS COCHINOS HUEVOS EN EL VIENTRE DE MI MADRE! ¡FUI UN FETO DENTRO DE UN FETO!
Siguió pateándome, en los huevos, en la cara y en el culo.
– Mierda, aleja tus patas de mí- dije esquivando las últimas -. Jesús, hueles a queso.
Gateé rápidamente y me encerré en la ducha.
– ¿Qué es lo que quieres de mí Aurelio?
Mi gemelo estaba a punto de contestar, pero guardó silencio.
– ¿Aurelio?- preguntó entonces.
– Sí, mierda, así me quería poner mi papá. Deduzco que lo tenían guardado para ti.
– Cristo, es un mal nombre.
– Bueno, puedes llamarte como quieras.
– Claro que me llamaré como quiera, rosquete de mierda.
Aurelio comenzó a hacer gárgaras y escupió lo que pareció una gran bola de semen contra la ducha.
– Aj, asqueroso- dije.
– Asqueroso tú. ¿Crees que no he visto lo que haces? Sé todo sobre ti, malnacido. TODO. He visto lo que haces en las mañanas. Y debo decir que eres un cochino.
– Mierda, lo siento, pero si has estado viviendo estos veinte años en mis testículos, definitivamente puedes entenderlo.
– Cállate. Debería matarte- dijo alzando mi cuchillo y acercándose a la ducha. La aferré con fuerza. Mi gemelo se me quedó mirando con sus ojillos de conjuntivitis -. Pero no lo haré. Eres mi hermano.
– Oh. Mierda, gracias Aure.
– ¡No me digas Aure! Me llamarás Jim Morrison.
– Oh. Mierda, ¿Jim Morrison? ¿Qué pasa contigo? Cristo.
– Calla. Y más te vale que no salgas de ahí, hijo de puta. Llevo toda una vida viviendo en tu sombra y no estoy dispuesto a tolerarlo más. Jajajá.
Se reía con malicia, como todo archienemigo que se respetara.
– Qué, entonces, ¿si salgo me matarás?
– No. Eso sería demasiado amable- Jim Morrison dejó caer mi cuchilla en el wáter.
– ¡Eh, hijo de puta!
Abrí la puerta de la ducha y me lancé sobre él. Jim Morrison se hizo a un lado y caí al suelo, golpeándome la cabeza con el lavatorio.
– Mierda.
– Verás Iñaki, todo este tiempo, cualquier vestigio de actividad sexual que pudieras tener, cualquier buen desempeño que alguna vez hayas tenido, aunque sea mínimamente, no eras tú. Era yo quien estaba tirando por ti, un pequeño grano dándole vigor a un pene que de por sí no vale más que unas petunias. Me he llevado tu mojo. Eres, en buena cuenta, un eunuco. Jajajá. Jajajá. Jajajajá. Ahora, si me disculpas, tengo una cita con tu mujer. Vamos a echarle carbón a este tren.
– Eres muy malo para los chistes. Y te pareces al tipo de la película de The Wall.
– A Maru le gusta Pink Floyd, gay. Probablemente le ponga más que tus lanas.
– Touché.
No supe qué más decir. Entonces Jim Morrison salió del baño y me dejó ahí, tirado en el piso, solo. Solo con mi mente. Solo con un pene fláccido y un escroto herido. Estaba condenado. Había perdido mi mojo. Había perdido todo.

Lo siguiente que supe fue que Jim Morrison se presentó ante mi familia como el hijo que había estado todo este tiempo viviendo en mi huevo izquierdo. No les costó mucho creerle. Mi hermano (el que no era mi gemelo diabólico) nos explicó que era más que probablemente un caso de fetus in fetus, un caso clínico que solo se daba en uno de cada cincuenta mil nacimientos o alguna cifra así. Uno de los hermanos era absorbido por el sistema del otro, y mientras uno crecía para convertirse en una persona normal (normal dentro de lo que cabía en un tipo como yo), el otro se desarrollaba como una especie de tumor intrusivo. El que Jim Morrison hubiera desarrollado una conciencia propia y que la hubiera mantenido durante todos estos años era un caso único en la historia de la ciencia humana.
– Es un milagro- dijo mi hermano.
Para mí, sin embargo, milagro era no haberme animado a cortarme las venas. En las dos semanas que llevaba Jim Morrison viviendo con nosotros me había robado a mi novia, a mi familia y hasta mi perra le zarandeaba el culo mientras a mí me mostraba los dientes. Mis tíos se reían de sus chistes en las reuniones familiares y mis primos bebían con él. Incluso me había robado el cuarto. Mi mamá me había mandado a dormir al sofá, supuestamente para reparar el daño que le había hecho al pobre de Jim Morrison al absorberle con mi testículo.
– No tienes idea del daño que le has hecho a tu hermano. Ha debido vivir un verdadero infierno- me dijo.
El asunto era terrible, pero no llegó a un nivel realmente desagradable hasta que le dejaron a Jim Morrison encerrarse con Maru en el cuarto. No le había bastado convertirlo en un chalet de Malibú, sino que ahora se tiraba a MI novia en MI cuarto. Solo que ahora eran su novia y su cuarto. Le hablaba a Tito del asunto mientras caminábamos por la Encalada.
– Es que tu hermano es un dandy- me dijo moviendo la cabeza de un lado al otro.
– Ya. Es un hijo de puta. Es decir, carajo, hasta le dejan tirar en el cuarto. Y mi papá dijo algo el otro día de comprarle un carro. ¡Se están volviendo locos! Empiezo a pensar que uno de estos días llegaré a casa y me habrán desalojado. Jesús, yo me estoy volviendo loco.
Nos tomamos lo que quedaba del ron y tiramos la botella en un basurero en un parque. Luego seguimos caminando un poco más.
Esa noche llegué a casa cansado y lo único que quería era dormir. Habíamos seguido bebiendo y la verdad estaba algo resacoso. Además, desde que excreté a Jim Morrison de mis huevos tenía menos cabeza que nunca. Un par de tragos de ron me mandaban a San Judas. Una lata de cerveza me podía dejar en un coma etílico. De verdad ese monstruo se había llevado mi mojo, y con él todo rastro de mi virilidad. Me dejé caer en mi sofá, agotado, y había empezado a cerrar los ojos cuando escuché los gemidos. Primero eran casi inaudibles, tímidos, gentiles, incluso relajantes, pero poco a poco fueron subiendo de tono. Mi papá trabajaba en la computadora y mi mamá veía televisión, pero ninguno de los dos decía nada. Llegó un punto en que esos gemidos se volvieron realmente escandalosos, y los resortes de mi vieja cama se oían del otro lado de las paredes. No podía soportarlo, no podía tolerarlo. Aquél rosquete estaba cruzando el límite.
– ¡No van a decirle nada!- exclamé. Mi papá seguía trabajando en la computadora y mi mamá seguía viendo televisión -. ¡NO VAN A DECIRLE NADA!- repetí. No me hacían caso. No me escuchaban. Yo no existía, había desaparecido del todo. Me había convertido en una minúscula mancha blanca en las sábanas.
– Cristo, esto se acabó.
Me puse de pie y eché abajo mi puerta de una patada. Jim Morrison se estaba follando a Maru sobre mi cama, bombeando como un campeón y cogiendo por los tobillos sus piernas totalmente abiertas.
– ¡OH MIERDA, OH MIERDA, QUÉ RICO, JIM, JIM MORRISON, DIOS MÍO, DÁMELO, DÁMELO, ASÍ, ASÍ, OH JESÚS, ERES UN CAMPEÓN, DÁMELO, DÁMELO, ASÍ, NO PUEDO, NO PUEDO MÁS, JIM MORRISON, OH, JIM MORRISON, OH, JIM, JIM, JIM JIM JIM JIM MORRISON, SÍ SÍ SÍ SÍSÍSÍSÍIIIIIIII!
Entonces me bajé los pantalones. Me bajé los pantalones y miré mi adefesio de pito. Era una vergüenza para mis ancestros vascuences. Pero no podía rendirme, así que apreté los dientes y haciendo de tripas corazón azoté con él a Jim Morrison, directamente en la espalda. Su piel era blanca, suave y correosa, como si estuviera lubricada con algo.
– ¡Mierda!- exclamó, y el movimiento se detuvo.
– ¡Iñaki! ¿Qué haces aquí?- preguntó Maru -. ¿Qué es lo que te pasa?
– Lo que pasa es que es un cochino envidioso, pero le voy a partir la crisma ahora mismo nena, ya verás- dijo Jim Morrison. Se separó de Maru y se irguió. En ese tiempo había estado haciendo bastante ejercicio, yo mismo le había visto, y de la noche a la mañana se había vuelto más musculoso de lo que yo jamás hubiera sido. Era evidente que con un movimiento de caderas ese feto sobredesarrollado me podía mandar a Timbuctú.
– Escúchame bien Aurelio, esto se acabó. ¡A la que te estas tirando es MI novia! ¡Y en MI cama! ¡Y ya no estoy dispuesto a tolerarlo!
Maru frunció el ceño.
– ¿Aurelio?
Mi gemelo no le hizo caso.
– Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, marica?
– Te saqué de mis huevos, y te puedo meter de vuelta. Todo este tiempo el secreto estuvo ahí. Quizás tu tengas el mojo, pero yo tengo un escroto como un puto saco de papas. ¡Ven pa’cá!
Y entonces se hizo. Como si fuera un viento huracanado, una corriente gélida salió de mis bolas y empezó a chupar a Jim Morrison.
– ¡NO!- comenzó a gritar este -. ¡NO, NO PIENSO VOLVER, NO! ¡NO PUEDO VOLVER! ¡MIERDA! ¡MIERDA! ¡SATANÁS, AAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡EL HORROR! ¡EL HORROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooooooooorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr… !
Era un espectáculo asombroso. Rayos y truenos y fuegos artificiales y plumas y confetti de todos los colores giraban en torno al vendabal que salía de mi huevo izquierdo, jalando a mi hermano como si se tratara de un hoyo negro. Y finalmente, la cosa se acabó. Donde había estado mi hermano gemelo, no quedaba más que aire. Maru y yo nos quedamos boquiabiertos. Me atoré con mi propio aliento y empecé a toser.
– Iñaki, rulos, ¿estás bien?- me preguntó Maru, saltando de la cama y yendo hacia mí. Apoyó esas tetas como cocos contra mi pecho y pude sentir el perfume de su pelo llenando mi aire. El mundo era bueno de nuevo, el mundo era feliz.
– Sí- dije. Miré la pequeña costra en mi huevo izquierdo -. Todo donde debería estar.
Maru captó mi mirada y comenzó a palpar el saco de mis huevos. Sin advertirlo, despertó al relámpago, y pudo sentirlo erguido como un mástil apretando contra su vientre. Yo estaba de vuelta.
– Jesús, sí, todo esta como debería estar- dijo Maru.
Ambos nos reímos. Entonces mis padres entraron a la habitación.
– ¡Dios mío! ¡QUÉ ES ESTO!- los ojos de mi madre estaban tan abiertos que parecía que albergaba en ellos un par de hermanas de las que yo no tenía noticia -. ¡QUÉ TE PASA, MALDITO INDECENTE! JESÚS, ¿DONDE ESTÁ TU HERMANO? ¿¿¿DONDE ESTÁ???
– Pero…
– ¿¿¿DONDE??? MALNACIDO, MAL HIJO, ACCIDENTE. ¡¡¡AAAAAAAAAH!!! ¡¡¡ERES UN ASESINO!!!
Mi madre se lanzó sobre mí. Maru solo atinó a coger su ropa y escapar. No sentí resentimiento. Yo es que hubiera hecho lo mismo. Mientras mi madre me golpeaba, mi padre llamaba a la policía, que por una vez no tardó demasiado en llegar. Entraron a la casa, pasaron a mi cuarto y terminaron el trabajo de mi madre con sus garrotes. Cuando me hubieron inmovilizado, me tomaron las huellas, me esposaron y me llevaron a la comisaría. Me sacaron la confesión a golpes. Un par de horas después hablé con un abogado del estado.
– Señor de la Rocha, usted estaba en su derecho constitucional a guardar silencio. No tenía por qué dar esa confesión.
– No me diga.
– En serio.
– Ya…
Cumpliría condena por el homicidio premeditado de mi hermano gemelo en el penal de Lurigancho. Iba a tener mucho tiempo para disfrutar de mi mojo entre los hermanos Korioto y la banda de la Perricholi. Había confesado, así que no habría juicio. En la cárcel, los fraticidas estaban en el último peldaño de la escala social junto con los pederastas y los exhibicionistas. Yo estaba en el último peldaño de la escala social. Estaba cagado.
Caso cerrado.

Una respuesta a “gemelos

  1. bien jugado.
    los finales, che,los finales…
    que pasa contus finales felices,eh?

    desde Ayacucho… bien jugado!

    m.

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