Ventanas desde Bangkok


Un cuento de K. D., traducido al español por Leysser L.

 

Desde el día en que llegamos a esta casa, una alegría extraña me invade cada vez que terminamos de almorzar. Mientras llenaba de espuma el lavadero, giraba la rueda del caño y enjuagaba los platos, ella se asomaba como un niño timorato en busca de un compañero de juego. Mi ventana daba justamente a la suya. No hacía falta mirarnos directamente, simplemente sabíamos que no estábamos solos.

 

La primera vez que me fijé en ella fue a los dos días de habernos mudado, yo renegaba por haber dejado Bournemouth, y porque el ambiente húmedo de West End no me venía bien… Al asomarme a la ventana de la cocina la vi, con su cabello negro, completamente oscuro, sus ojos pequeños, casi diminutos, y sus labios rebosantes de labial rojo. Me causó tanta atracción que me quedé haciendo mil y un cosas sin importancia, solo para verla discretamente cada vez que volteaba para ir de un lado al otro.

 

Desde entonces lavar los platos y hacer cualquier cosa en el lavadero de la cocina era de suma importancia para mí. Recogía los platos con una sonrisa colosal, fingía hacerle favores a mis hermanos y cubría sus turnos, ellos me lo agradecían y pedían suplirme en otros días, naturalmente yo me negaba aduciendo que lo hacía con gusto.  Una vez la pille mirándome con detenimiento, me observaba como desnudándome, diría que con un deseo tan intenso que me encandiló.  No tuve la suficiente valentía para devolverle la mirada con el mismo rigor, pero me quedé ahí como siempre, esperando que se vaya.

 

Ella siempre lavaba ropa, casi nunca los platos, como yo.  Una vez vi a un sujeto usurpando su lugar, el lavadero que pertenecía únicamente a esas manos delgadas y danzantes, probablemente tan suaves como me las imaginaba. El intruso tuvo la desfachatez de mirarme con vehemencia, como si le hubiera dado la suficiente confianza.  Pensé en recriminarle con gritos de ventana a ventana, pero probablemente era su hermano. Esa idea me tranquilizó, saber que tenía un hermano de quien ella se encargaba la hacía más tierna y hermosa. Él, como ella, vestía exóticamente, tenía ese brillante en la piel y esos ojos ausentes que me hacían pensar que eran tailandeses, como la mayoría de cocineros de los restaurantes de la capital.

 

Nunca más renegué de West End, ni de Londres, finalmente había muchas cosas para hacer ahí, aunque yo solo quería una. Un día regresaba yo del Stanford Bridge con mi papá y mi hermano, Chelsea había perdido el clásico contra el Arsenal y me sentía abatido. Papá y mi hermano tomaron unas cervezas y se ensimismaron, yo ni siquiera podía acompañarles por mis cortos años, así que fui a la cocina por una pieza de pan. Ese día descubrí que existía una ventana para el más grande tedio.

 

Los almuerzos que llegaron fueron muy raros. Todos me hacían preguntas sospechosas que yo respondía instantáneamente y sin mirarles, todos hablaban de una posible enfermedad mía, me observaban hasta el hastío, pero yo poco caso les hacía. Su ánimo mejora después del almuerzo, le escuche decir a mamá.

 

Nuestras citas, si las puedo llamar así, acostumbraban ser por las tardes, a la hora en que terminábamos de comer, pero ese día sentí mi corazón acelerado: su ventana había sido el marco de un cuadro constante, esta vez era el marco de la soledad. No la veía por ningún lado, ni siquiera a su hermano para preguntarle. No había nadie. Mi desesperación me hizo tirarle pedazos de borrador a su ventana, pequeños terrones, pequeñas piedras, pero nadie se asomaba y yo seguí desesperándome.

 

En un arranque de celos la imaginé con otro, con un hombre alto y delgado, de ojos pequeños y con la brillantez en su piel, como ella. “Tal vez el sujeto que vi en su casa aquella vez no era su hermano y desde siempre fueron amantes y yo que creí que ella era tan pura como el agua que bebo por las noches y como la luna en noche después de aguacero”.

 

Y sentí más celos, di un golpe a mi ventana y mi puño derecho sangraba, rompí un polo blanco y con un retazo me hice un torniquete, a los segundos el paño blanco estaba lo suficientemente húmedo para exprimir litros de sangre congestionada.

 

Salí a la calle y amagué tocar su timbre, miraba mi puño y seguía imaginándomela con él, esta vez en la cama de algún hotel barato frente al Támesis, con ese imbécil que la tocaba toda, que le arrimaba el vestido, y tocaba sus piernas, tan brillantes y hermosas, piernas que nunca pude ver pues siempre la observaba de cintura para arriba. La sangre empezó a manchar el pavimento, y toqué su timbre, una y otra vez, incansable como mis lágrimas.

 

Un señor se me acercó y me tocó el hombro derecho, me preguntó si me encontraba bien: no me jodas, viejo, le dije muy ofuscado, sin embargo le repregunte: ¿conoce a la chica que vive en esta casa? ¿Le ha visto salir? ¿Sabe dónde está?, le exigí responderme. El viejo hombre de pelo cano me miró extrañado, en esa casa no vive nadie desde hace veinte años. Dude en si debía golpearle o ignorarle, pero cuando repitió su respuesta escuché mi nombre desde un auto verde que se me hizo muy familiar, una chica de cabello negro, completamente oscuro, de ojos pequeños, casi diminutos, y de labios rebosantes de labial rojo me llamaba con simpatía, le contesté con la misma familiaridad y nos fuimos, dejando atrás al hombre de pelo cano. Al mirarme en el espejo retrovisor, me di cuenta de lo pequeños que son mis ojos, de lo brillante de mi piel… Mi esposa manejaba y le dije te amo, en un acento raro, dentro del carro había una bandera con los colores rojo, blanco y azul que me recordaban una historia llena de idas y vueltas manchadas de sangre, como suelen ser las historias tailandesas.

4 Respuestas a “Ventanas desde Bangkok

  1. Me parece un buen cuento, interesante, curtido de cierto esoterismo lo cual me recuerda a algún sueño que tuve pero con la diferencia que las ventanas colindaban a los dormitorios, que mis ojos no eran pequeños y que mi piel no era brillante.

  2. Esoterismo, me agrada. Ciertamente es un cuento añejo, debío publicarse hace algún tiempo pero nunca lo encontré sino hasta hoy.

  3. todo tiene su fin
    particularmente pienso que..
    si de algo somos dueños es de ello.

  4. sin duda alguna.
    algunas vez, alguien sabio me dijo:
    las cosas suceden cuando pasan…
    y pasan cuando suceden.

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