Por Kenny Díaz,
editor general Puntos Suspensivos /ex vice presidente Vanguardia Universitaria
Se trata de otro tartamudo, leí en el prólogo de la novela que, coincidentemente, se titula “El tartamudo”. El responsable es Balo, también conocido como Abelardo Sánchez León, quien es un gran amigo mío (una amistad bien dicha, escribió, apoyado sobre un basurero cuando me dedicó el libro).
Los amigos tenemos algo en común. Difícilmente podríamos desarrollar fraternidad por quienes tienen intereses totalmente distintos a los nuestros, por quienes estilan las formas y formalidades que nosotros vulneramos, por quienes frecuentan lugares que nosotros evitamos, en suma, por quienes no se ríen de nuestros chistes.
¿Qué haría uno sin sus amigos?, ¿qué haría uno sin amigos? No veo mi vida sin la presencia constante de mis entrañables compañeros y compañeras de vida. Me ha dolido más perder un amigo que perder una enamorada. El cariño que uno es capaz de desarrollar por los amigos es casi casi el amor verdadero.
La fraternidad se ha devaluado con el transcurrir de las generaciones. Ahora vuelve a ser una aspiración. El país, el continente, el mundo, no padecería los males que padece si verdaderamente existiese fraternidad en la humanidad. Si existiese, el llamado derecho del más fuerte ya estaría limitado.
Una empresa cervecera promovió “el día de la amistad”, hace algunos meses. Jamás estuve tan de acuerdo, el día de la amistad asociado al alcohol. Tal vez la amistad sea al hombre lo que la embriaguez al alcohol: la virtud, aquella función natural para la cual hemos sido creados.
Como diría Baudelaire: “De vino, de poesía o de virtud, de lo que te plazca. Pero embriágate”.
También de fraternidad.









